Bendito sea el nombre del Señor, santo y exaltado.
Mi Dios es una torre fuerte, una fortaleza poderosa.
Los que se vuelven a Él en busca de refugio nunca serán sacudidos.
Aun los poderosos caen ante la presencia del Dios Altísimo.
Con una palabra manda a las montañas al mar y saltan a obedecer.
Con un soplo da vida al hombre.
Con un suspiro se lo quita.
Las rocas claman: "¡Poderoso es el Señor y digno de alabanza el Cordero que fue inmolado!"
Pero el hombre se olvidó de la bondad de Dios.
Buscando su propia elevación, la encontró.
Esta separación desgarradora es la causa de todo dolor.
El hombre ha olvidado su propósito.
Toda la tierra se lamenta junto con él.
En amor y perdón nuestro Salvador sufrió en nuestro lugar.
¡Salvándonos de la ira del Padre para que podamos ser restaurados!
¡Oh las riquezas de la gracia de Dios! ¿Quién lo puede entender?
¡Aleluya!
¡Bendito sea el nombre del Señor!
Por la fe he sido limpiado.
Todos mis pecados olvidados.
¡Finalmente he encontrado mi propósito, glorificar a Dios y disfrutarlo para siempre!
Anhelo el día en que veré a mi Salvador cara a cara.
Oh, cómo anhelo oírlo decir: "Bien hecho, mi buen siervo fiel".
¿Quién soy yo para que Él me escoja para ser Su amada hija?
Pero esa es la belleza de mi Dios.
Entonces, hasta ese día, obedeceré cada palabra de la boca de mi Salvador.
¡Señor, enséñame a hacer tu voluntad!
¡Enséñame a obedecer!
No permitas que me desvíe de Tu camino.
Hazme más como Tú cada día.
Mientras todavía tengo aliento, cantaré, "santo eres, Señor".
Que mi vida sea un sacrificio vivo, santo y agradable a Ti.
Para que un día, ante Tu trono, pueda mirar hacia atrás y decir:
"He peleado la buena batalla,
he terminado la carrera,
he guardado la fe."
¡Aleluya!
¡Bendito el nombre del Señor desde la eternidad y hasta la eternidad!